11:11

Tomo mi café, instantáneamente veo mi celular y ahí está: 11:11.

12:12 también se hace presente.

13:13 ríe en cuanto poso mi mirada en ella.

Luego de varios meses flirteando siguen ahí, llamándome en cada rincón. No se qué responderles, no se lo que desean, no se qué significan pero si sé que no son coincidencias.

No lo son. Ya no más.

Exu Morcego

En esta aventura de descubrir a los demonios que me atormentan me encontré con algunas personas que me han acercado a su verdad, a su religión.

He pasado por varias y cada una ha aportado algo a mi causa, pero la Kimbanda fue distinta al resto (y no por eso es la religión verdadera, si es que hay una de absoluta verdad).

Hablar cara a cara con un Exu, a través de una persona poseída, fue una experiencia distinta. Me ha comentado cosas respecto a mi vida que no le había comentado a nadie, pero nada puntual realmente, solo sentimientos de soledad.

Me posicionó dentro de un circulo con pentagrama, velas blancas, y cerramos un trato. Me reconoció como uno de sus protegidos. En algún momento me pediría algo a cambio aclarando que no sería mi alma.

Nos contó que él es del pueblo de Lucifer. Que es su misión como la de todos los demás obtener luz a través de la ayuda a las personas, para trascender.

Defendió a Lucifer como el ángel que intenta limpiar a la humanidad por sus fallas y las de si mismo.

Me comentó como es su verdadera forma (hombre de pelo negro largo, sentado en su trono, con ojos rojos y alas de demonio) y le pregunté si era posible que lo viera en su forma real. Me dijo que sólo algunas personas pueden hacerlo, pero que tal vez podría verlo en sueños.

Fue una experiencia extraña aunque no sentí nada a nivel físico, no como cuando en un grupo extraoficial de la iglesia católica me hizo imposición de manos, y sentí un fuego en mi pecho que no quemaba.

Habiendo pasado más de ocho horas del suceso me pregunto cuál será la letra chica del contrato, si es que de hecho hay uno. Me pregunto si estoy a merced de Lucifer, y si mi búsqueda de respuestas me llevó por senderos no seguros.

Lo cierto es que no obtuve las respuestas a las preguntas que en principio tenía. Muchas cuestiones siguen siendo incógnitas de resolución lejana, y mis ojos aún siguen cerrados.

El principio del fin

Hace siete años una sombra oscura apareció sobre mi. Era una noche tranquila en Buenos Aires. Mi abuelo había muerto recientemente, mi familia iniciaba su decadencia económica, y el asesinato de quién podría haberse convertido en el amor de mi vida con sólo 16 años dejó una marca imborrable. Es esa clase de marca que se impregna en la córnea, en la frente, en el alma, aquella que da cuenta de que la vida no es del todo justa.

Desperté de repente luego de medianoche por el poder de esta sombra, se veía como una nube de vapor negro. Estaba succionandome a la distancia. Lo que tomaba de mí era una luz potente que recorría mi pecho y salía por mi boca. La fuerza del proceso logró hacerme sentar en la cama, lo que noté al despertar.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Ella o el no volvió a aparecer, pero su visita creó ese punto de quiebre en el que la vida mundana terminó, y la probabilidad de un mundo invisible empezó a cobrar sentido en mi mente.

El miedo duró algunos años, pero hoy me encuentro en búsqueda de respuestas. Obtuve algunas que lejos de satisfacerme solo abrieron un abanico aún más grande de dudas.

Sigo pensando que la vida no es justa, sobretodo cuando las reglas de juego no están claras. No obstante tengo fe en que no todos son ignorantes, alguien tiene que saber.